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Historias de Loros, El delator, el adicto y el crucificado.
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Mensaje Publicado: 27/12/2007 16:13:00
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Historias de Loros, El delator, el adicto y el crucificado.

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lorosloros
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Los loros son criaturas singulares por su capacidad de imitar la voz humana y hoy, cuando el día se pone a disposición de la noche, de la Nochebuena, quisiera compartir con el lector tres historias de loros, las tres con una cierta dosis de humor, una real sin duda, la otra de probable veracidad y la tercera francamente inventada por algún contador de chistes.

La primera, la del loro delator, fue difundida por la BBC de Londres y ocurrió en Leeds, Gran Bretaña, donde Chris, programador de computadoras, vivía con su pareja, Susy. Un día, el loro gris africano que compartía el departamento con ellos, comenzó a decir una y otra vez: “Te amo, Gary”. Sorprendido, Chris escuchó la reiterada frase y sometió a un interrogatorio a su mujer. Susy terminó por aceptar que lo engañaba con Gary, quien, como suele ocurrir en las novelas, era amigo de Chris.

Sobrevino la separación y ahora el experto informático lamenta no tanto la ruptura con Susy cuanto el haber tenido que vender a “Ziggy”, que así se llamaba el plumífero delator. “Se me rompió el corazón cuando tuve que abandonar a 'Ziggy', pero no podía soportar que siguiera repitiendo ese nombre”, dijo Chris a la BBC. “Ziggy”, por su parte, ya habita en un nuevo hogar que lo adoptó por conducto de un comerciantes de aves.

Otro loro, éste mexicano, cayó en depresión cuando su amo salió del país y lo dejó en manos de un amigo suyo, Pedro Miguel, editorialista de “La Jornada”. El loro dejó de comer, de hablar y de treparse por los barrotes de su jaula. Se aisló en un rincón y una mañana empezó a arrancarse las plumas más hermosas de su cola.

Preocupado, Pedro Miguel se lo llevó a tierras tropicales —donde el periodista quería trabajar en cierto proyecto escritural—, con la esperanza de que la evocación de su hábitat sacara al loro de su estado depresivo, porque la otra opción, loricida, era torcerle el cuello para ahorrarle la agonía depresiva. Quisieron los hados avícolas que por esos días un colega de Pedro, aficionado a fumar algo más que tabaco, llegara a la casa de campo y, enterado de las aflicciones del loro, propuso darle un “toque”. Cubrieron la jaula con una manta y entonces el amigo visitante encendió una bacha y exhaló el humo en su interior. Y, ¡oh milagro!, el ave empezó a gritar, abrió con el pico la puerta de su jaula y a poco comenzó a volar por toda la casa y a comer como náufrago.

Sin embargo, a la mañana siguiente volvió a su estado depresivo, de modo que hubo de ser sometido a un nuevo sahumerio, que se repetiría durante varios días más, pero llegó el momento de la separación: el que-fumaba-algo-más que-tabaco debía volver a la ciudad. “Llévatelo contigo —rogó Pedro—. No me voy a volver mariguano sólo para salvarle la vida a un p... loro”. El amigo se rehusó, pero sugirió recetarle al ave semillas de cannabis mezcladas en su alimento, y la prueba dio un resultado similar a los sahumerios. Pedro se las ingenió para conseguir, ya de vuelta a la ciudad, semillas suficientes para combatir la depresión de su emplumado amigo, pero había un problema, que Pedro cuenta así: “Algunas noches me desvelaba la preocupación de ser detenido en posesión de semillas de cannabis..., imaginaba las carcajadas de los policías cuando les explicara que eran para estricto consumo personal de mi mascota; me levantaba de la cama a las dos o tres de la madrugada y me ponía a hojear el Código Penal como quien consulta su destino en las cartas del Tarot”.

¿Terminaron el loro muerto por sobredosis y el corruptor de aves en la cárcel? No, el final de la historia es más simple que eso y, de haberlo imaginado, Pedro se hubiera ahorrado muchos problemas. Otra vez, enterémonos con sus palabras: “Un buen día, frente al edificio donde vivíamos el drogadicto y yo, se estacionó un pajarero que llevaba, entre docenas de cosas emplumadas, un perico más robusto que el mío, aunque de uniforme muy parecido, y lo compré sin regatear. Cuando entré al departamento con el nuevo inquilino, el cupido de los loros se puso en acción y procedió a lanzar un flechazo que unió de inmediato a ambos animales. El mariguano no volvió a necesitar los condimentos especiales en su comida y yo, desplazado de golpe en su corazón, tiré al inodoro las existencias que me quedaban de semillas de mota”.

La tercera historia narra que un ciudadano comenzó a recibir cuentas excesivas de Telmex, por llamadas de larga distancia que nunca hizo. Reclamó, pero la empresa, inflexible, negó cualquier equivocación: los telefonemas se habían hecho desde la línea del quejoso. Cuando el cuentón se repitió, el usuario se puso a vigilar su departamento, donde sólo vivían su loro y él. Y descubrió que el perico era el autor de las llamadas, por lo cual lo colgó de las alas abiertas en una pared y le advirtió que así estaría una semana, para su escarmiento.

Cuando la luz del sol se despedía, el loro descubrió en la pared de enfrente a otro crucificado, a quien le preguntó: —Pssst, pssst, INRI, ¿cuánto tiempo llevas ahí? —Dos mil años.

—Ah caray, pues ¿a dónde llamaste? —exclamó sorprendido el loro.— México, D.F.

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